El camino hacia la paz y el perdón: felicidad interior

El camino hacia la paz y el perdón: felicidad interior

2 de septiembre del 2019

Encontrar el sentido de la vida, es el camino que nos lleva hacia la felicidad. Según el filósofo griego Aristóteles, esto consiste en el esfuerzo del hombre para alcanzar el “bien supremo”, que sería abrir las ventanas a su interior.

Asimismo, en el Oráculo de Delfos está inscrito: “Conócete a ti mismo”, aforismo reinterpretado por el sabio griego Heráclito Quilón de Esparta: “Te advierto, quien quiera que fueres, Oh! Tú que deseas sondear los arcanos de la Naturaleza, que si no hallas dentro de ti mismo, aquello que buscas, tampoco podrás hallarlo fuera. Si tú ignoras las excelencias de tu propia casa, ¿cómo pretendes encontrar otras excelencias? En ti se halla oculto el tesoro de los tesoros. Oh! Hombre, conócete a ti mismo y conocerás al Universo y a los Dioses.”

Cuidar de sí mismo, ampliar la conciencia, y así entender qué significa obrar bien, para vivir bien. La mezcla de la hedonía (placer) y la eudaimonia (una vida vivida), fueron las bases de la cultura griega para intentar explicar la felicidad.

En la obra cumbre de Aristóteles: “Ética de Nicómaco” dedicada a su hijo, quiso profundizar sobre la relación entre el carácter y la inteligencia como cimientos de la felicidad, en donde posteriormente se estructuraría la ética occidental con principios tan claros como: “La felicidad depende de nosotros mismos” y “Es fácil realizar una buena acción, pero no es tan fácil adquirir el hábito establecido de llevar a cabo ese tipo de acciones”.

En mi concepto, la más funcional de sus frases para organizar las ideas y lograr el enfoque de la mente, con el fin de proyectar nuestra vida es: “En primer lugar, tener un ideal definido, claro y práctico; una meta, un objetivo. En segundo lugar, acopiar los medios necesarios para alcanzar los fines: sabiduría, dinero, materiales y métodos. En tercer lugar, ajustar todos los medios a ese exclusivo fin”.

Cortesía Armando Martí

Sin embargo, si definimos la felicidad por el éxito de las metas y objetivos en la sociedad de consumo, vemos que no existen personas realmente felices, pues el gran desarrollo económico descompensó el desarrollo espiritual, confundiendo nuestra esencia compasiva, amorosa y serena, hacia el materialismo, la ambición y las conductas egoístas y violentas, que son productoras de infelicidad.

El mayor enemigo de la felicidad, es la alienación y la despersonalización, en donde el ser humano diluye su identidad transformándola en una “identidad virtual”, que permanece hipnotizada por la globalización hacia la antropofagia social, es decir, una implacable programación enfocada en la producción de dinero y bienes materiales a través del comercio, siguiendo ideas, patrones y conductas deshumanizadas, que no son propias sino impuestas. La consecuencia de no realizar la naturaleza individual y sobrevivir con el disfraz de una segunda naturaleza materialista, es el causante de la agonía, el vacío y la soledad de la infelicidad, en nuestra época moderna.

Erich Fromm (1900 – 1980) el reconocido psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista, en su obra “El arte de amar”, nos sacude el alma cuando afirma:

«El hombre moderno está enajenado de sí mismo, de sus semejantes y de su naturaleza. Se ha transformado en un artículo, experimenta sus fuerzas vitales como una inversión que debe producirle el máximo de beneficios posibles en las condiciones imperantes en el mercado.

La felicidad del hombre moderno consiste en “divertirse”. Divertirse significa la satisfacción de consumir y asimilar artículos, espectáculos, comida, bebidas, cigarrillos, gente, conferencias, libros, películas; todo se consume, se traga. El mundo es un enorme objeto de nuestro apetito, una gran manzana, una gran botella, un enorme pecho; todos succionamos, los eternamente expectantes, los esperanzados – y los eternamente desilusionados –. Nuestro carácter está equipado para intercambiar y recibir, para traficar y consumir; todo, tanto los objetos materiales como los espirituales, se convierten en objeto de intercambio y de consumo».

Es difícil sentirse feliz cuando en realidad vivimos engañados, y además, se nos exige una lucha diaria desde el egoísmo, la indiferencia, la competitividad y la huida constante de nosotros mismos, por medio de las adicciones a la tecnología, al alcohol, las drogas, el trabajo, el sexo y las relaciones dependientes, así como también, en fanatismos religiosos, la superchería y el esoterismo, entre otros, que al ser extremistas nos enferman y distorsionan nuestra necesidad vital de encontrar un sentido espiritual en lo que hacemos.

La felicidad del desapego

Cortesía Armando Martí

Buda nos enseñó, que todos los extremos y las exageradas expectativas producto de nuestros deseos, son nocivas para el desarrollo espiritual. De modo que las culturas orientales, han dilucidado desde hace miles de años el “camino medio”, en donde la felicidad no es meramente un estado de ánimo, sino una cualidad que puede ser cultivada en medio de la armonía, el bienestar y el silencio interior a lo largo del tiempo, sin importar los acontecimientos externos.

S.S Dalai Lama durante una presentación masiva en Europa, transmitiendo su mensaje de compasión y perdón. Cortesía Armando Martí

Uno de los grandes exponentes de la felicidad por medio de la compasión y el amor, es el XIV Dalai Lama y actual líder espiritual del Tíbet, quien es su libro, “Océano de sabiduría” (Ediciones Oniro, S.A), nos indica un sendero interior hacia la felicidad:

“Pero en la raíz del comportamiento humano, hay dos clases de placer y sufrimiento. Los placeres físicos y mentales, y los sufrimientos de la misma índole. Nuestro progreso materialista tiene por objeto alcanzar esa felicidad que depende del cuerpo y liberarnos del sufrimiento que depende del mismo. Sin embargo, a nosotros nos resulta muy difícil liberarnos de todo el sufrimiento a través de medios externos, ¿no es así? Por tanto, hay una gran diferencia en lo que experimentamos, pues depende de nuestra actitud. Por consiguiente, la actitud mental es muy importante respecto a cómo vivimos.

Una buena mente, un buen corazón y sentimientos cálidos, ésas son las más importantes, estas son las más importantes cualidades. Sin una buena mente, no puedes funcionar. No puedes ser feliz, y tus familiares, tu pareja, tus hijos y vecinos tampoco podrán serlo. Así es como de una nación a otra, de un continente a otro, la mente de todos se perturba y la gente pierde la felicidad. Pero, por otro lado, si adoptas una buena actitud, una buena mente y un buen corazón, ocurre exactamente lo contrario.

Por tanto, en la sociedad humana, lo más importante es tener amor, compasión y bondad. Son unos sentimientos realmente preciosos y muy necesarios en tu propia vida. De modo que vale la pena hacer un esfuerzo y desarrollar esta clase de corazón, de buen corazón”.

La felicidad como esencia

Cortesía Armando Martí

De acuerdo con los grandes maestros espirituales, en realidad nacemos para vivir y ser felices. Es nuestro temperamento y defectos de carácter, lo que nos impide sostener este estado de complacencia interior.

Vivir libres de resentimiento, sin odiar a quienes nos ofendieron, sin vengarnos y lo que es mejor, renunciando a cualquier retaliación; sin intentar cambiar al mundo, evitando juzgar a los demás; buscando de forma consciente la herida inicial, el trauma emocional y las carencias de infancia; asumiendo y enfrentando nuestros problemas personales para identificarlos y superarlos.

La felicidad es saber vivir la vida como una expresión de nuestra alma. Pero al no lograr comprender las conexiones entre lo que nos sucedió en el pasado y nos afecta en el presente, no gozaremos de la paz y la plenitud interior, y seguiremos divididos, sin autoestima, avergonzados y llenos de culpa.

El S.J Cesar Uribe junto a Armando Martí.

Para mí es importante reconocer la invaluable ayuda de mi querido amigo el S.J y psicólogo clínico Cesar Uribe, quien a través de sus cursos y enseñanzas sobre la sanación del niño herido, me ha hecho comprender la necesidad de rehabilitar los vínculos entre ese niño herido, y el adulto que hoy soy. Este proceso se basa en retornar a la infancia y reparar todo el daño que haya sufrido nuestro niño interior.

Sin prisa pero sin pausa, podemos empezar a identificar cuáles fueron sus necesidades no satisfechas, sentirlas sin reprimirlas más y expresar todas las emociones a través de llorar las pérdidas sufridas, hacer el duelo y cerrar los ciclos abiertos. La paz y la agonía están en nuestra mente, de modo que este proceso de sanación emocional debe ser tomado con la importancia, seriedad y compromiso que amerita ser felices.

Solos nada podemos. En los grupos de apoyo de la comunidad terapéutica, se maneja un concepto no religioso sino espiritual en donde un Poder Superior a nuestro ego, ayuda a la rehabilitación integral de los adictos y codependientes afectivos. El primer paso es adquirir un sentido de pertenencia, al identificarse con el problema y testimonio del otro a manera de espejo, con el propósito de recuperar la identidad perdida y volver a “rehacer” nuestra personalidad.

Una relación sana es ni más ni menos que descubrir quiénes somos, y permitirle al otro ser quien es. Sin temor a cometer errores, lejos del perfeccionismo, sin juzgar ni dejar que nos juzguen, dándonos la libertad de aceptarnos tal y como somos.

La felicidad comienza por casa, pero la infelicidad también. En muchas de nuestras familias, la felicidad siempre se aparentaba, nunca se sentía y los secretos nos hacían confundir y desconfiar de la verdad, lo que posteriormente se vería reflejado en nuestras relaciones íntimas y afectivas.

Por eso la dicotomía de hacer lo que no queremos y de no hacer lo que queremos, se debe a la represión y a la adicción. Estas fuerzas psicológicas y químicas, nos encadenan hacia el consumo de sustancias y a la obsesión por “el amor” a objetos materiales y también a las personas. Este comportamiento compulsivo que representa huir de nosotros mismos, al preferir el “sufrimiento” de no querer ver nuestra realidad frente al “dolor” de verla, es una de las formas de infelicidad del ser humano.

Cualquier proceso adictivo, implica esclavitud y descontrol de sí mismo, dicho desborde emocional nos obliga a ir en contra de nuestros valores esenciales. Si caemos en la trampa de la negación y la justificación, obstaculizamos la recuperación pues reconocer los problemas es el primer paso hacia la sanación.

La felicidad: una actitud hacia la paz

En Colombia, miles de víctimas acuden a la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz), también conocida como Justicia Especial para la Paz, que es el mecanismo de justicia transicional por medio del cual se investiga y juzga a los integrantes de las FARC, miembros de la Fuerza Pública y terceros, que hayan participado en el conflicto armado colombiano.

Esta jurisdicción creada en pos de la justicia, la reparación y la verdad, también tiene como objetivo principal recibir el arrepentimiento y perdón que ofrecen los victimarios. Dicha reparación de orden moral y espiritual, tranquiliza el dolor interno y el estrés postraumático de más de 8.785.305 millones de víctimas, de las cuales 2.350.000 millones son niños, que también han sufrido a causa del desplazamiento forzado, el secuestro, el homicidio, los abusos, las ejecuciones extrajudiciales y la desaparición forzada, entre muchos otros.

“Oír a las víctimas que son el centro y epicentro de este modelo por el que apostó Colombia es la base fundamental para alcanzar este propósito final, que es verdad plena como mecanismo de reparación integral, es verdad plena sin impunidad”, aseguró Patricia Linares presidenta de la JEP a varios medios de comunicación.

No obstante, el arrepentimiento de los victimarios en muchos casos no es genuino, pues su obstinación y falta de valor personal, hacen que sus conciencias sean entrenadas para ofrecer una respuesta automática, que ni siquiera resistiría mirar a los ojos a sus víctimas.

Sin este puente de comunicación, es muy difícil la resolución de los conflictos, debido a que si los victimarios, entendiéndose como responsables de los crímenes, es decir, no solo quienes los ejecutan sino aquellos que los mandan hacer, no tienen compasión en sus mentes y su disposición es deshonesta, ¿cómo pueden pedir que se les perdone de corazón?

Si esto no ocurre, hay un punto de luz en donde las víctimas pueden perdonar a todos aquellos que les han hecho daño, pero desde su mente e interior. Aprender a perdonar y olvidar también es su responsabilidad personal, y desde esta nueva actitud, sería posible encontrar la paz y la felicidad, a pesar de todo.

Tenemos el poder de modificar las circunstancias adversas de la vida al cambiar de forma consciente la actitud mental, teniendo en cuenta que el amor, la ilusión, los sueños y la esperanza, son la base de toda nuestra realidad. El pasado doloroso es un fardo muy pesado de llevar y habilita muchas enfermedades del cuerpo, las emociones y la mente. Para vivir mejor hoy, necesitamos liberar el corazón de odios y culpas, apartando los pensamientos y emociones negativas.

Todos deseamos vivir en paz y ser felices. El dolor y la alegría, nos suceden día a día. Esto no lo podemos cambiar, pero la valentía de buscar en la vida las cosas que producen felicidad superando las adversidades y el sufrimiento, marcan la diferencia de una vida plena y con sentido. Como diría el psiquiatra Viktor Frankl (1905 – 1997), padre de la Logoterapia en el mundo:

“Los que estuvimos en campos de concentración, recordamos a los hombres que iban de barrancón en barrancón consolando a los demás, dándoles el ultimo trozo de pan que les quedaba. Puede que sean pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias – para decidir su propio camino.

A diario, a todas horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad para dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico”.