Huellas de una tragedia que llamaron ‘Justa’

Huellas de una tragedia que llamaron ‘Justa’

20 de diciembre del 2018

Sonidos secos, agudos, zozobra, angustia, temor, esas sensaciones se conjugaron en la madrugada del 20 de diciembre de 1989 cuando el ejército de Estados Unidos, a través de la 82.ª División Aerotransportada, bombardeó el Cuartel Central de Defensa y otros puntos militarizados de Panamá, que estaba bajo la dictadura de Manuel Noriega.

En aquel entonces, Luis Andrés García tenía 21 años y vivía con sus padres en la zona aledaña a la Bahía de Panamá. Pese a que hoy se conmemora el vigésimo noveno aniversario de la intervención norteamericana al istmo, no es mucho el esfuerzo que debe hacer para recordar lo que sucedió ese 20 de diciembre. En diálogo con Kienyke.com.pa, la primera referencia a la que Luis apela es la advertencia hecha por un familiar el día previo a los bombardeos, “una prima me llamó para avisar que teníamos que abastecernos porque tenían entendido que el ataque era inminente”, dijo.

Un contexto que se prestó para la tragedia

Para entender la intervención militar estadounidense bajo el nombre de ‘Causa Justa’, ordenada por el entonces presidente George Bush padre, es necesario remitirse al contexto político de Panamá entre los años 60 y 80. Tras el golpe de estado llevado a cabo en 1968 por parte de miembros de la Guardia Nacional panameña que tuvo como principal artífice a Omar Torrijos, el país vivió varios años en inestabilidad política, económica y social provocados por la dictadura del poder militar.

Aunque durante la comandancia de Torrijos se convocó a una Asamblea Constituyente en 1972, se recuperó parte de la figura democrática y se modificaron los acuerdos con Estados Unidos sobre el Canal, al firmarse el tratado Torrijos-Carter que devolvería progresivamente la autonomía de la vía interoceánica a Panamá, los norteamericanos guardaron la potestad de intervenir el país en caso de que el libre tránsito sobre el Canal se viese amenazado.

Con la llegada de Manuel Noriega al poder y su intención de cerrar la Escuela de las Américas, donde miles de militares estadounidenses eran entrenados, sumada la muerte, en extrañas circunstancias, de un soldado norteamericano, las relaciones entre ambos países se deterioraron y con ello la relativa estabilidad del gobierno. La renuncia del primer presidente elegido popularmente tras el golpe de 1968 y las constantes acusaciones contra Noriega por el asesinato de líderes opositores y su presunta presencia en redes de narcotráfico, hicieron de Panamá una bomba de tiempo cuyo contador era desconocido.

Ante la situación, Estados Unidos inició el preludio de lo que sería el fin de la dictadura de Manuel Noriega en Panamá. Los bloqueos capitales, el congelamiento de relaciones comerciales y el aumento de presencia militar en zonas permitidas por el tratado Torrijos-Carter predijeron lo que sucedería tras las órdenes de Noriega de suspender las elecciones de ese 1989, en las que Guillermo Endara había sido elegido popularmente; ignorar la Constitución de 1972, y sobre todo el haberle declarado la guerra al país norteamericano.

Luis entraba a la adultez para la fecha de la intervención militar, para él aquel trágico día fue la cristalización de la inestabilidad que el país vivió durante 1989. Dos meses antes, el gobierno dictatorial de Noriega sufrió un intento de golpe de estado que finalizó con el fusilamiento de los “traidores”, A partir de ese hecho, cuenta Luis,  “… la gente solo dijo: bueno, vamos a esperar cuándo van a intervenir los ‘gringos’”.

Una intervención anunciada

Para el 18 de diciembre de 1989, recuerda Luis, el ataque militar era inminente. Se notaba desde los rumores en las calles, las empresas e inclusive en el discurso que utilizaban algunos empleados públicos. Tras el aviso de su prima, en la noche del 19 de diciembre  fuertes explosiones interrumpieron el sueño de Luis y quizá la totalidad de los habitantes de las zonas aledañas a los cuarteles militares de la dictadura.

“Era un sonido seco, como “bum, bum”, no tenían eco”, relató Luis en dialogo con Kienyke.com.pa.

En aquel instante solo atinó a levantarse y dar una vista por la ventana a la Bahía de Panamá y parte de la zona céntrica de la ciudad, pero los ataques iban dirigidos específicamente a las áreas militarizadas que coincidencialmente estaban ubicadas en la periferia, por lo que Luis recordó que la imagen era de “lucecitas rojas cayendo del cielo”.

En medio de la tensión que de inmediato generó la situación, más allá de la prevención que tenían los panameños frente a una posible intervención militar estadounidense, la madre de Luis intentó apaciguar los ánimos con algo de humor haciendo referencia a una época que debió ser de festividad y no convertirse en una fecha histórica por los motivos que lo es. “Mi mamá le dice a mi papá: en el Cuartel Central están celebrando la navidad”, dijo.

Más allá de la emotividad que pueda tener el momento al convertirse en un recuerdo, para Luis es una imagen que difícilmente podrá olvidar. La zona que más daños colaterales sufrió por la intervención militar fue el barrio El Chorrillo, ubicado tres kilómetros de donde Luis residía con sus padres, pero la única manera de enterarse lo que sucedía una vez iniciado el bombardeo era por televisión y viendo cada cierto tiempo a través de las ventanas cómo cientos de ciudadanos buscaban refugio de las bombas.

“Había niños, mujeres y ancianos desplazándose a pie desde El Chorrillo con lo que tenían puesto”, cuenta Luis, agregando que él y su familia corrieron con suerte al vivir en una de las zonas más lejanas a los cuarteles y cercanas a la zona bancaria de la capital, situación en la que no estaban los residentes de la periferia o cerca a los cuarteles de Panamá Viejo, San Miguelito y Río Hato.

Aunque las emisoras nacionales, manejadas por la dictadura, se dedicaron a dar reportes de tranquilidad y decir “…que estaban haciendo algo”, Luis recuerda que la gran mayoría de los militares fieles a Noriega que respondieron a los ataques estadounidenses murieron o tuvieron que atrincherarse en las barriadas. En medio de la intervención, lo que quiebra la voz de Luis y ralentiza su recuerdo es el estado en el que quedó el barrio El Chorrillo y la cantidad de vidas civiles que se perdieron allí, solo por estar cerca a un cuartel militar.

Las preguntas que Luis se repetía constantemente giraban entorno a las vidas que ese día cambiaron drásticamente, “¿cuántas personas habrán fallecido allí? ¿cuándo van a volver las personas que vimos huyendo por las calles?”, recordó al mismo tiempo que exalta las sensaciones que experimentó al ver el barrio destruido: “es algo impresionantes que queda en la mente”, acotó.

Las balas y la desazón reemplazaron las bombas

El transcurso del día posterior a los bombardeos, en la madrugada del 20 de diciembre, fue todo lo contrario a lo esperado incluso por los ciudadanos en aquel entonces, más allá de los intercambios de disparos la situación parecía haberse controlado en comparación a lo que pudo ser. Sin embargo, lo que pareció ser cuestión de poco tiempo para retomar el control total del país se extendió y en los días posteriores se dieron fenómenos como la escasez de alimentos a causa de la prohibición para salir que regía a la capital.

La desesperación de muchos panameños, incluidos los militares que estaban atrincherados en los barrios, llevó a que se comenzaran a presentar saqueos en varios sectores. En medio de la vorágine social que atravesaba el país, Luis y sus padres tuvieron que racionar la comida por más de cuatro días hasta que los militares estadounidenses anunciaron que era seguro salir a comprar en las pocas tiendas que no habían sido saqueadas, pero de manera limitada.

Una vez recuperada la movilidad desde y hacia el interior del país, el 29 de diciembre, tanto Luis como sus padres, decidieron salir de la capital ante la inestabilidad que se sentía en el ambiente. Recorridos de apenas un par de horas se convirtieron en largas jornadas en medio de la carretera, pasando por los corregimientos de Arraiján y Río Hato, donde Luis tuvo que volver a presenciar la destrucción de la intervención y dimensionar lo vivido por miles de panameños que lo perdieron todo, incluso la vida, “…porque ni las escuelas se salvaron”, dice.

La operación militar norteamericana en Panamá que se extendió hasta el 30 de enero de 1990, dejó como saldo más de tres mil muertos entre militares y civiles, daños materiales por millones de dólares, la aprehensión de Manuel Noriega y un país sin gobierno estable hasta que Guillermo Endara se posesionó en un cuartel militar de Estados Unidos. El tiempo post 20 de diciembre para Luis fue difícil, principalmente porque el país estaba colapsado económicamente y le correspondió al nuevo gobierno “restaurar un país desecho”.