Familias divididas: otro drama de la migración venezolana

Anadolu

Familias divididas: otro drama de la migración venezolana

23 de octubre del 2018

“Mi día es larguísimo”, advierte Madeleiny Villarreal, una inmigrante venezolana de 32 años, que se desempeña desde hace ocho meses como vendedora ambulante de café y aromática en Valledupar, capital del departamento de César, norte de Colombia.

Su jornada arranca a las 4:30 AM, cuando se levanta para preparar todo y poder salir con el amanecer. Camina varios kilómetros hasta el mercado y allí ofrece las bebidas calientes, almacenadas en termos, hasta las 8:00 AM, cuando busca un carrito de supermercado que guarda en un parqueadero, en el que tiene los insumos para vender jugos.

En un buen día, sale de todas las bebidas antes de las 2:00 PM. En un mal día, pueden dar las 4:00 PM y todavía no las ha vendido. En cualquier caso, el regreso a casa es a pie, para ahorrar el dinero del pasaje, y poder cumplir con la misión que la llevó hasta allí: enviar la mayor cantidad de dinero a su familia en Venezuela, especialmente para su hija de 11 años.

La Asamblea Nacional (AN) de su país, a través del Registro Internacional de Venezolanos en el Exterior (RIVE), le puso un número al fenómeno de Madeleiny: 40% de los migrantes son cabeza de hogar, ya sean madres, como ella, o padres; y sus hijos, como la de Madeleiny, quedan al cuidado de los abuelos y, en otros casos más extremos, de hermanos mayores.

“Esto vulnera a la familia en Venezuela. Y cuando la familia se vulnera en Venezuela, eso aumenta la brecha de la pobreza”, acota la presidenta de la Comisión de Familia de la AN, la diputada Mariela Magallanes, en entrevista con la Agencia Anadolu.

De acuerdo con los datos que con dificultad ha podido recolectar el Parlamento venezolano a través del RIVE, estos inmigrantes, como Madeleiny, tienen entre 17 y 47 años y conforman la masa trabajadora de su país.

Pero las consecuencias no son solo económicas. La separación familiar, según Magallanes, también ha afectado la mente de los venezolanos. “La depresión, las enfermedades silenciosas, los suicidios han ido en aumento”, aseguró la diputada.

Y, por si fuera poco, quienes como Madeleiny se separan de sus hijos luego se enfrentan a un problema mayor, que el equipo de Magallanes ha denunciado: “El Estado niega la reunificación familiar”.

En Venezuela, para pagar un pasaporte se requieren cuatro sueldos mínimos. Si se intenta tramitar desde el exterior, según cifras de la diputada Magallanes, el costo podría ascender a las 200 dólares. Esto lo ubica entre los documentos más caros del mundo y, por ende, inaccesible para la mayoría de la población, especialmente para quienes emigran por motivos económicos, como Madeleiny. Y no siempre, si se consigue el dinero, se puede obtener el preciado documento.

“El Gobierno, en vez de ayudar, lo que está viendo es un gran negocio y ha mercantilizado la diáspora… Así como te violan derecho a la salud, vida, educación, al acceso a bienes y servicios, el Gobierno hoy te viola tu derecho a la identidad”, denuncia Magallanes.

Madeleiny entró a Colombia en febrero de este año con su pasaporte vigente. Pudo censarse y con ello obtener el carnet para transitar por territorio colombiano y trabajar durante 2 años. Su hija, sin embargo, no tiene pasaporte. Hicieron la solicitud el año pasado y aún no ha recibido el documento. Es la principal denuncia que reciben los diputados venezolanos a través del portal del RIVE.

“El deseo es regresarme pero mientras que la situación esté así (en Venezuela), no puedo. Y mientras que la situación esté así, la intención es traerme a la niña… Pero si yo me la traigo a ella, ella entraría ilegal”, lamenta Madeleiny, quien conoce las consecuencias que esto implicaría para el retorno al país de ambas.

Mientras la reunificación familiar no es una opción, muy a pesar de ellas, Madeleiny y su hija recurren a la tecnología para mantenerse cerca en la distancia. Hablan todos los días a través de las redes sociales.

A pesar de su corta edad, la niña sabe lo duro que está siendo para su madre: sabe de las dificultades de trabajar en las calles de un país que no es propio, sabe de las personas que la han discriminado, sabe todo lo que ha sufrido. Pero sabe, también, que hay muchos en peores condiciones que ella, que se llevaron a sus familias y están en las calles vendiendo confites con los niños.

En Venezuela, Madeleiny ganaba en un mes lo que ahora puede ganar en dos días como vendedora ambulante en Colombia. Como no tiene un sueldo fijo, la cantidad de dinero que envía a sus familiares varía. En una buena semana, puede enviarles el equivalente a 70 mil pesos colombianos, unos 23 dólares estadounidenses. “No es mucho pero sí los ayuda en algo”, dice. Al cambio no oficial, el salario mínimo venezolano es de unos diez dólares.

Con lo que gana en un mes en Valledupar, Madeleiny además paga arriendo y comida, y arma una caja con alimentos y productos de limpieza y aseo personal, que también envía a su familia, algo que, con el salario mínimo que percibía como empleada doméstica en Venezuela, con el que apenas sobrevivía, no podía hacer.

El gobierno de Maduro en la única cifra oficial que ha dado sobre la migración habla de menos de 600.000 emigrantes, en los últimos dos años. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), asegura que desde el año 2014 han salido 2,3 millones de venezolanos. Expertos cifran la diáspora total en unos 4 millones de venezolanos.

Colombia se ha convertido en el principal receptor. La cifra oficial habla de 1 millón de venezolanos en ese país. Algunos la cuestionan y aseguran que son más. Valledupar es uno de los puntos en los que más se concentran, por su cercanía al estado venezolano fronterizo de Zulia, de donde es oriunda Madeleiny.